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Un viaje de 10 años…

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Regreso a Marrakech

Desde Casablanca la carretera sigue rápida el océano hacia Marrakech, durante el recorrido dormimos, sólo nos despiertan los abrasadores rayos del sol, anunciando el regreso al corazón de Marruecos y en el sur de las ciudades imperiales. Un último saludo cálido a la plaza Djemaa el Fna y a este microcosmo caótico y acogedor.

Colores del suq Chefchaouen, Marruecos

Chefchaouen, la villa azul

Los pocos pueblos dan paso a bosques de pinos y plantaciones (muchos de kif), estamos sorprendidos por el contraste entre este exuberante paisaje y el desierto que dejamos hace unos días. Se respira un aire de frontera y pasado. La noche viene cuando podemos ver las formas sinuosas de Chefchaouen, Chaouen para sus residentes, la villa azul para los turistas. Un excéntrico músico, filósofo y viajero, Mauricio de Tolosa, que hubiéramos conocido en Nador, nos había recomendado el Hotel Goa y no nos atrevemos con paso firme hacia allá, acompañados por la sombra de un otro Mustafa. Le otorgamos un día entero para perderse en el laberinto de callejuelas que conforman la medina del pueblo. El ambiente es único y sorprenden los tonos de azul con los que todas las casas están cubiertas. Dicen que sirve para mantener alejadas las moscas durante la ola de calor de los veranos. El resultado visual es brillante y nos sentimos fascinados por esta ciudad. Pasamos la noche en Chefchaouen en compañía de Mohamed y Abdel Rahim, dos amigos de Goa.

Chefchaouen, villa azul

Al Hoceima, antigua roca

La lluvia nos pone nuevamente en viaje. Después de una larga negociación con los taxistas en Saidia, encontramos un pasaje a Nador, un puerto muy traficado cerca de Melilla, uno de los dos enclaves españoles en territorio marroquí. A lo largo del recorrido miramos con incredulidad el resultado de la especulación edilicia, que afecta la costa mediterránea, cerca de Saidia: los constructores europeos avanzan en la edificación de cientos de casas adosadas. Cuando por fin termina este mar de hormigones, ante nuestros ojos queda un magnífico Mediterráneo, donde la mancha acantilada de pronto da paso a calas de arena fina y mar turquesa. El camino es corto de Nador a Alhucemas, un acantilado sobre el mar azul, un puesto de avanzada de las montañas del Rif.

Al Hoceima, en un café

Saidia, vistas del Mediterráneo

Saidia, la mas oriental de las playas del Mediterráneo marroquí, a pocos pasos de la frontera argelina. Algunas nubes amenazantes nos dejan preocupados, pero las olas de la playa de arena y la agua esmeralda nos invitan a dar un largo paseo. De pronto llega la noche y toda la multitud de turistas marroquíes desaparece, sólo quedan las gaviotas que nos observan curiosas. Nos sentamos en el bar cercano a la playa para tomar un té de menta y de inmediato conocemos a Mimon, que nos cuenta su vida entre las costas española y marroquí, más allá del mar Mediterráneo, llevando la preciosa kif.

Saidia, Mediterráneo acerca de Argelia

Sahara y Atlas, hacia el norte

Desde Merzouga, Nazihr y su primo nos dan un pasaje de vuelta a Erfoud, donde tomamos un taxi hasta Errachidia, estamos en plena hamada (desierto pedregoso), a menudo interrumpido por hermosas palmeras… el calor es seco y envolvente. Una vez en Errachidia, descubrimos que el autobús hacia nuestro destino final viaja en la noche; entonces decidimos alquilar una habitación y descansar por unas horas. Por la noche, cuando caminamos hacia la estación, conocemos a un agradable hombre marroquí que vive en España, cenamos con él. Cae la noche y nuestro bus parte, en dirección de Oujda y del Mar Mediterráneo. Al amanecer, vemos un nuevo paisaje, las verdes colinas de oro cubiertas de campos de grano y forraje.

Merzouga, dunas del Sahara

La brisa fresca de la mañana que emana del palmeral, nos levanta antes de lo esperado. Mochila a la espalda, dejamos Tignhir y llegamos en pocas horas en autobús hasta Erfoud; con un pequeño micro lleno de gente nos movemos hasta Rissani y luego tomamos un taxi hasta Merzouga. Llegamos al hotel de nuestro amigo Nazihr, nos fascina una hermosa vista directamente hasta las dunas de arena dorada del Erg Chebbi. Estamos llenos de energía, a pesar del sol abrasador, y esperamos a Nadir, un joven de origen bereber que nos guiará en el desierto con Bob Marley y Jimi Hendrix, dos camellos hermosos.

Al atardecer llegamos a la duna más alta del Erg, donde disfrutamos de unas vistas impresionantes. Un largo descenso en la arena nos lleva a la carpa donde pasamos la noche. Comemos sabroso con un tajín con harira, cantamos, tocamos. Observamos sorprendidos a la danza silenciosa de las estrellas alrededor de la luna. Dormimos bajo esta manta aterciopelada hasta el amanecer.

Merzouga, Sahara marruecos

Tinghir y Bereberes

Por la noche, después de dejar las mochilas en Tombouctu hotel, empezamos a girar el zoco. Como suele ocurrir, de pronto encontramos a un amigo, Nazihr: un tipo muy agradable, que nos dice todo acerca de Tinghir y el origen de sus pueblos, los bereberes nómadas. Al día siguiente, vamos con él al Barranco del Todra, una formación de roca maciza, de hasta 350 metros de altura, de la cual fluyen numerosos manantiales de agua clara, alimentando la palma de Tinghir.
Más allá del barranco, nos trepamos por una empinada senda, que sigue las laderas de las montañas áridas, al pie del Atlas hacia el desierto… Nazihr nos guía donde podemos disfrutar de unas impresionantes vistas sobre el valle del Dades. Un poco más allá, encontramos un campamento de nómadas bereberes: las personas aún viven en carpas simples para protegerse del sol durante el día y en cuevas naturales en la noche para protegerse del frío. La señora, que confirma la hospitalidad de la gente, nos prepara un té de tomillo, mientras que los niños Lazhen y Youssef jugan con nosotros y las cabras; la abuela distante y su hija mayor, soltera todavía, nos muestran tímidamente la alfombra que están tejiendo en preparación para el matrimonio.
Viene la noche y caminamos a la sombra de la antigua medina de Tinghir, hay fantasmas de un mundo distante y abandonado, hombres, mujeres y niños bereberes que han abandonado la dura vida de las montañas, para desaparecer en el caos de la ciudad. Sus espíritus vagan aún, desesperados en la memoria de una vida nómada.

Tinghir y Barranco del Todra

Tinghir y Valle del Dades

Tinghr y Valle del Dades

Hay momentos en un viaje en el que se suspende la conciencia, dando paso a la brisa fresca de la mañana. Al Frente de la estación de autobuses de Ouarzazate se encuentra un polvo fino, lo que indica el camino hacia el desierto del Sahara. En silencio, oímos los gritos de los conductores de taxis, a la espera de que invoquen el nombre de nuestro próximo destino, de acuerdo a un ritual que se repite desde años. Otras personas aparecen de la nada y parecen estar interesados en trasladarse a Tinghir en el valle del Dades.
Nuestra Mercedes, una copia del siglo pasado, bellamente engalanada con guirnaldas y pegatinas de publicidad, no traiciona sus novecientos mil kilómetros recorridos en condiciones climáticas extremas y, hábilmente manipulado por el conductor, proceda a demoler la franja de asfalto que se pierde en el paisaje árido del Valle del Dades. La temperatura nos obliga a paradas frecuentes, en el intento de extraer agua de numerosos pozos y aguas subterráneas profundas. Aparecen esquinas verdes por encima de pequeñas tiendas, donde venden agua de rosas.
Por último, se despliega a nuestos ojos la franja verde brillante de jardín de palmeras de Tinghir, y somos recibidos por la cara sonriente de Youssef, que nos ofrece un té bereber.

Sugerencia de viaje: pasar la noche en el hotel Tombouctu (acerca de la estación de autobuses), construido sobre las ruinas de una Alcazaba.