Regreso a Marrakech

Desde Casablanca la carretera sigue rápida el océano hacia Marrakech, durante el recorrido dormimos, sólo nos despiertan los abrasadores rayos del sol, anunciando el regreso al corazón de Marruecos y en el sur de las ciudades imperiales. Un último saludo cálido a la plaza Djemaa el Fna y a este microcosmo caótico y acogedor.

Colores del suq Chefchaouen, Marruecos

Chefchaouen, la villa azul

Los pocos pueblos dan paso a bosques de pinos y plantaciones (muchos de kif), estamos sorprendidos por el contraste entre este exuberante paisaje y el desierto que dejamos hace unos días. Se respira un aire de frontera y pasado. La noche viene cuando podemos ver las formas sinuosas de Chefchaouen, Chaouen para sus residentes, la villa azul para los turistas. Un excéntrico músico, filósofo y viajero, Mauricio de Tolosa, que hubiéramos conocido en Nador, nos había recomendado el Hotel Goa y no nos atrevemos con paso firme hacia allá, acompañados por la sombra de un otro Mustafa. Le otorgamos un día entero para perderse en el laberinto de callejuelas que conforman la medina del pueblo. El ambiente es único y sorprenden los tonos de azul con los que todas las casas están cubiertas. Dicen que sirve para mantener alejadas las moscas durante la ola de calor de los veranos. El resultado visual es brillante y nos sentimos fascinados por esta ciudad. Pasamos la noche en Chefchaouen en compañía de Mohamed y Abdel Rahim, dos amigos de Goa.

Chefchaouen, villa azul

Al Hoceima, antigua roca

La lluvia nos pone nuevamente en viaje. Después de una larga negociación con los taxistas en Saidia, encontramos un pasaje a Nador, un puerto muy traficado cerca de Melilla, uno de los dos enclaves españoles en territorio marroquí. A lo largo del recorrido miramos con incredulidad el resultado de la especulación edilicia, que afecta la costa mediterránea, cerca de Saidia: los constructores europeos avanzan en la edificación de cientos de casas adosadas. Cuando por fin termina este mar de hormigones, ante nuestros ojos queda un magnífico Mediterráneo, donde la mancha acantilada de pronto da paso a calas de arena fina y mar turquesa. El camino es corto de Nador a Alhucemas, un acantilado sobre el mar azul, un puesto de avanzada de las montañas del Rif.

Al Hoceima, en un café

Saidia, vistas del Mediterráneo

Saidia, la mas oriental de las playas del Mediterráneo marroquí, a pocos pasos de la frontera argelina. Algunas nubes amenazantes nos dejan preocupados, pero las olas de la playa de arena y la agua esmeralda nos invitan a dar un largo paseo. De pronto llega la noche y toda la multitud de turistas marroquíes desaparece, sólo quedan las gaviotas que nos observan curiosas. Nos sentamos en el bar cercano a la playa para tomar un té de menta y de inmediato conocemos a Mimon, que nos cuenta su vida entre las costas española y marroquí, más allá del mar Mediterráneo, llevando la preciosa kif.

Saidia, Mediterráneo acerca de Argelia

Sahara y Atlas, hacia el norte

Desde Merzouga, Nazihr y su primo nos dan un pasaje de vuelta a Erfoud, donde tomamos un taxi hasta Errachidia, estamos en plena hamada (desierto pedregoso), a menudo interrumpido por hermosas palmeras… el calor es seco y envolvente. Una vez en Errachidia, descubrimos que el autobús hacia nuestro destino final viaja en la noche; entonces decidimos alquilar una habitación y descansar por unas horas. Por la noche, cuando caminamos hacia la estación, conocemos a un agradable hombre marroquí que vive en España, cenamos con él. Cae la noche y nuestro bus parte, en dirección de Oujda y del Mar Mediterráneo. Al amanecer, vemos un nuevo paisaje, las verdes colinas de oro cubiertas de campos de grano y forraje.

Merzouga, dunas del Sahara

La brisa fresca de la mañana que emana del palmeral, nos levanta antes de lo esperado. Mochila a la espalda, dejamos Tignhir y llegamos en pocas horas en autobús hasta Erfoud; con un pequeño micro lleno de gente nos movemos hasta Rissani y luego tomamos un taxi hasta Merzouga. Llegamos al hotel de nuestro amigo Nazihr, nos fascina una hermosa vista directamente hasta las dunas de arena dorada del Erg Chebbi. Estamos llenos de energía, a pesar del sol abrasador, y esperamos a Nadir, un joven de origen bereber que nos guiará en el desierto con Bob Marley y Jimi Hendrix, dos camellos hermosos.

Al atardecer llegamos a la duna más alta del Erg, donde disfrutamos de unas vistas impresionantes. Un largo descenso en la arena nos lleva a la carpa donde pasamos la noche. Comemos sabroso con un tajín con harira, cantamos, tocamos. Observamos sorprendidos a la danza silenciosa de las estrellas alrededor de la luna. Dormimos bajo esta manta aterciopelada hasta el amanecer.

Merzouga, Sahara marruecos

Tinghir y Bereberes

Por la noche, después de dejar las mochilas en Tombouctu hotel, empezamos a girar el zoco. Como suele ocurrir, de pronto encontramos a un amigo, Nazihr: un tipo muy agradable, que nos dice todo acerca de Tinghir y el origen de sus pueblos, los bereberes nómadas. Al día siguiente, vamos con él al Barranco del Todra, una formación de roca maciza, de hasta 350 metros de altura, de la cual fluyen numerosos manantiales de agua clara, alimentando la palma de Tinghir.
Más allá del barranco, nos trepamos por una empinada senda, que sigue las laderas de las montañas áridas, al pie del Atlas hacia el desierto… Nazihr nos guía donde podemos disfrutar de unas impresionantes vistas sobre el valle del Dades. Un poco más allá, encontramos un campamento de nómadas bereberes: las personas aún viven en carpas simples para protegerse del sol durante el día y en cuevas naturales en la noche para protegerse del frío. La señora, que confirma la hospitalidad de la gente, nos prepara un té de tomillo, mientras que los niños Lazhen y Youssef jugan con nosotros y las cabras; la abuela distante y su hija mayor, soltera todavía, nos muestran tímidamente la alfombra que están tejiendo en preparación para el matrimonio.
Viene la noche y caminamos a la sombra de la antigua medina de Tinghir, hay fantasmas de un mundo distante y abandonado, hombres, mujeres y niños bereberes que han abandonado la dura vida de las montañas, para desaparecer en el caos de la ciudad. Sus espíritus vagan aún, desesperados en la memoria de una vida nómada.

Tinghir y Barranco del Todra

Tinghir y Valle del Dades

Tinghr y Valle del Dades

Hay momentos en un viaje en el que se suspende la conciencia, dando paso a la brisa fresca de la mañana. Al Frente de la estación de autobuses de Ouarzazate se encuentra un polvo fino, lo que indica el camino hacia el desierto del Sahara. En silencio, oímos los gritos de los conductores de taxis, a la espera de que invoquen el nombre de nuestro próximo destino, de acuerdo a un ritual que se repite desde años. Otras personas aparecen de la nada y parecen estar interesados en trasladarse a Tinghir en el valle del Dades.
Nuestra Mercedes, una copia del siglo pasado, bellamente engalanada con guirnaldas y pegatinas de publicidad, no traiciona sus novecientos mil kilómetros recorridos en condiciones climáticas extremas y, hábilmente manipulado por el conductor, proceda a demoler la franja de asfalto que se pierde en el paisaje árido del Valle del Dades. La temperatura nos obliga a paradas frecuentes, en el intento de extraer agua de numerosos pozos y aguas subterráneas profundas. Aparecen esquinas verdes por encima de pequeñas tiendas, donde venden agua de rosas.
Por último, se despliega a nuestos ojos la franja verde brillante de jardín de palmeras de Tinghir, y somos recibidos por la cara sonriente de Youssef, que nos ofrece un té bereber.

Sugerencia de viaje: pasar la noche en el hotel Tombouctu (acerca de la estación de autobuses), construido sobre las ruinas de una Alcazaba.

Ouarzazate y Casbah de Telouet

La noche estrellada, seguida por una multitud de almas que buscan paz a los margenes de las calles polvorientas,se rinde finalmente a un amanecer cálido y trémulo. Seguimos de nuevo las laderas del Atlas, en dirección de Marrakech, pero justo antes del paso Tizi’n Tichka volteamos a la derecha, a lo largo de un pequeño sendero de polvo: es el antiguo camino de la sal, donde pasaron las caravanas hacia Marrakech, o hacia el misterio de Timbuctu.
Las caras sonrientes y cansadas de los campesinos, seguido por el juguetón grito de los niños, nos cuenta de un mundo que fluye con los antiguos ritmos de las estaciones, sin preocupaciones, pero siempre en equilibrio entre la simplicidad y las privaciones. El lugar es hermoso, los colores son cálidos y los trazos ligeros como una pintura impresionista. Estamos fascinados. Al final de nuestro viaje, llegamos finalmente a Telouet, pueblo de origen del Glaoui y hogar de una mina de sal. Visitamos la Casbah, que inmediatamente apodamos “la cigüeña”, acompañados por la guía Mohammed; luego descansamos en el cercano restaurante, donde podemos disfrutar de los intensos sabores de la comida bereber y disfrutar de un paisaje bucólico.

De repente suena el teléfono. Estamos haciendo el almuerzo con Lahcen, a base de té verde y pistacho, nos habla de su aspiración de viajar por el mundo y conocer gente lejana, pensamos a la curiosidad de estas personas y cuanto esto nos une, haciendo nuestros debates cada vez más emocionante y apasionadamente.
En el otro lado del receptor un ansioso Brahim, que mientras tanto se ha ido por la familia a Zagora, un par de horas en autobús desde Ouarzazate. Su voz distante: “Salam amigo, tenemos un problema … tu y la chica tenéis que dejar la casa de inmediato, debido a mi primo que llega y si ve ella, saca un gran lío.” Un momento de silencio, creo que el privilegio y las emociones que hemos vivido en los dos días que pasamos juntos son el mejor regalo que podían hacernos, entonces les decimos gracias a todos, recogemos nuestras cosas, y estamos listos a ir.
Marruecos de un millar de contrastes y contradicciones, son las 10 de la noche y tenemos que encontrar un hotel para pasar la noche. Una noche más en Ouarzazate.

Sugerencia de viaje: relajarse en la terraza del restaurante Lion d’Or en Telouet, saboreando la cocina bereber (tagine, cous cous).

Tizin Tichka, Atlas

Tizi’n Tichka hacia Ourzazate

Caminamos hacia la Gare routière, y participamos en la confusión pre-salida . Tan pronto como cruzamos el umbral de la estación, un enjambre de hombres jóvenes con chaquetas de cuero, mendigos, niños descalzos y viajeros de presunto largo tiempo nos rodea. El grito es siempre más animado y juguetón, poco después los nervios suben, indicando una cierta insatisfacción por la negociación. En unos segundos, tras lo cual pronunciamos la palabra mágica (Ouarzazate), nos encontramos empujados suavemente hacia un autobús desvencijado, ataviado con una multitud de cintas y lentejuelas de color oro y rojo. Nos sentimos en el hogar. Ahora comienza la negociación por el precio y los mejores asientos. 30, 25, 20, el precio baja y bajan las reivindicaciones: asientos de atrás y asientos tapizados en polvoriento pelo de oveja.

Caminamos hacia la estación de autobuses, y somos inevitablemente implicados en la prisa previa a la salida… al final, el autobús sale, hacia el desierto, pero ahora debemos enfrentar el Atlas: densos bosques de pinos, extensos cultivos de trigo dorado y tranquilas aldeas bereberes, una breve parada en Taddert para el almuerzo. Superamos el Tizi’n Tichka (2500 metros de altitud), que en idioma tamazight significa “paso de las pasturas”. El aire caliente y seco anuncia el desierto, el Sahara. En el viaje, conocemos a Brahim, un simpático marroquí que trabaja en Bergamo, con el hacemos los primeros pasos en el Marruecos más auténtico. Él nos invita a la casa de su primo cuando llegamos a Ouarzazate, nos habla y nos da algo de comer, entendemos que hay mucho que compartir y la posibilidad de establecer una relación verdaderamente agradable. Pasamos un hermoso día con Brahim y los tres hermanos (Lahcen es el único que entiende Inglés), es una lástima que no hablamos muy bien francés, pero podemos entender unos a otros con el español y tratamos de aprender las primeras palabras en árabe (Shukran, naan/la, inshallah, salam/salem). Nuestros nuevos amigos siguen ofreciéndonos su hospitalidad, en forma de té con menta, agradables charlas y deliciosos bocadillos. Entendemos que la mutua curiosidad no siempre es suficiente para frenar el “muro” cultural que nos separa: no podemos combinar nuestro relativismo con su forma de pensar ligada a la cultura musulmana. Incluso de niños, las vidas de hombres y mujeres están separadas. Para los hombres se da el privilegio de elección, mientras que para las mujeres la suerte siempre estará indeleblemente marcada por las enseñanzas de la madre y los deseos del padre y luego del marido.
Durante la noche, tras haber disfrutado de un delicioso tajine de cordero cocido con nuestros amigos, hacemos una larga caminata hasta la casbah de Taourirt, todos juntos. La luna llena dibuja un sueño, parece animar a la casbah y reanudar los tiempos de su esplendor, cuando fue una de las residencias de Glaoui, el pacha de Marrakech. Ourzazate, que se encuentra donde los valles del Dades y del Draâ se unen, introduce a las primeras vistas del Desierto del Sahara. La ciudad es bastante moderna (fue fundada por los franceses en los años veinte), y sigue siendo un lugar de tránsito a lo largo de las rutas de los comerciantes y turistas que, a partir de Marrakech, se van por las fronteras del desierto de Zagora y Merzouga. El clima es templado por la altitud que supera los 1.100 metros.

Sugerencia de viaje: sentarse en un bar del centro de la ciudad para disfrutar de un té con menta, servido hábilmente de la tetera, a fin de liberar todo su sabor.

Casbah Taourirt, Ouarzazate