Baños y Aguas Calientes

Baños es un pueblo que surge en un pañuelo de tierra casi llano, donde los valles andinos empiezan su increíble descenso hacia la cuenca del Río Amazonas… ahí llegamos dejando la carretera panamericana en cerca de Ambato, ciudad donde se festeja uno de los carnavales mas coloridos de toda América Latina (“fiestas de las flores y las frutas”). En este valle de clima subtropical se encuentran todas las fuerzas de la naturaleza: el magnifico volcán Tungurahua que domina el pueblo con su forma perfectamente cónica y actualmente está eructando, los frecuentes terremotos, algunas impresionantes cataratas y las nubes que continuamente se adensan bajo las cumbres andinas. Con razón, los habitantes de Baños nos cuentan, con énfasis, cuando parte del pueblo fue destruido durante la ultima erupción del volcán Tungurahua (agosto 2006). Sin embargo, aquí llegan muchos turistas ecuatorianos, atraídos por las aguas calientes, que el Tungurahua hace saludables añadiendo minerales como hierro y azufre. Muy característica del lugar es también la producción de la melcocha, el dulce mas típico de Ecuador, hecho desde la caña de azúcar, que aquí crece abundante. Recordaremos Baños como un lugar acogedor y tranquilo, perfecto descanso en el vertiginoso descenso hacia la Amazonia.

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Hacia Ecuador, adios Colombia

Profundos cañones escavan heridas incurables en la dorsal andina y señalan la frontera entre Colombia y Ecuador: llegamos a Ipiales siguiendo la carretera Panamericana de Popayan hacia Pasto. Saludamos entonces la Colombia, un país grande y maravillosamente salvaje, triste y loco, feliz y ladrón… la Colombia, un corazón latinoamericano que quizás exporta un poco de miedo y que, desgraciadamente, mas de cualquier otro estado andino, casi supo destruir su mas precioso tesoro, la sabiduría de los pueblos indígenas, asfixiando sus culturas en una lógica de inútil oposición. La Colombia que condensa toda su seductora fascinación en la novela Cien Años de Soledad, nacida del genio colombiano, Gabriél García Marquéz.

“Bienvenidos al Ecuador”, nos advierte el enorme cartel: otro desafío y muchos proyectos para realizar, el sueño cada vez mas cercano de descubrir la Amazonia. Tantos meses viajando y llegamos a la mitad del mundo: un pie al norte y uno al sur, o viceversa, divididos por la linea del ecuador.

Páramo significa ecosistema andino de altura

San Lorenzo, protector de los mineros

Desde Antofagasta todos los caminos conducen al corazón del desierto de Atacama, un viaje a un misterioso abismo. La travesía del desierto en autobús, a pie y en parte en bicicleta, nos deja entrar en contacto con una tierra muy seca, un paisaje lunar causado por un sol tropical y sofocante. Sin embargo, incluso aquí pocos hombres valientes pueden vivir, sobre todo porque bajo la tierra estéril se esconde una increíble riqueza del subsuelo. En el camino hay oasis de polvo y coches de los años cincuenta, los pueblos mineros fueron abandonados a su suerte infame, tragados por la arena y el paso del tiempo. Pedro de Valdivia, María Elena, y Quillagua.
La tierra roja esconde, además de los minerales, los incontables cuerpos de los que han venido hasta aquí para morir, unos pocos porque elegidos (la mina de cobre de Chuquicamata es la más grande del mundo), muchos otros por restricción (el régimen de Pinochet envió a estos páramos los disidentes a los trabajo forzoso). Un recuerdo imborrable de estas tragedias son las tumbas de Pisagua. La memoria de estos abusos extendió la devoción a San Lorenzo, considerado por los chilenos como el protector de los mineros y celebrado el 12 de agosto de cada año. El escondió los bienes materiales de la iglesia bajo la tierra para protegerlos de la voracidad del emperador Valeriano. Del mismo modo, los chilenos están luchando para mantener el control sobre sus recursos naturales (oro, plata, níquel, molibdeno, azufre, etc.).
María Elena es un pueblo colgado en el viento, la presencia de fantasmas llena el vacío de una comunidad oculta. Todo desaparece en el calor de la tarde, pero incluso en la noche, cuando el calor afloja su control, la comunidad no se llena de vida. Las renuncias por una vida de privaciones han cubierto con matorrales polvorientos cada casa, cada objeto. Nos detenemos en un patio de recreo donde los cambios han muerto por la herrumbre y el abandono, cruje cada mecanismo, los niños ya han dejado estas diversiones, incluso antes de nacer.

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Chile en el camino

La estación de autobuses de Santiago de Chile es uno de esos lugares donde el tiempo está suspendido entre el calor y el frescor de la noche. Cuando del bus sale cada nuevo rostro, de inmediato da lugar a una emoción repentina, típica de los pequeños trucos de la vida diaria. La estación de autobuses es siempre un tenedor en el camino de un sinfín de opciones. Después de una breve consulta para decidir si continuar el camino hacia el verde y el sur de Suiza, hacia Concepción y la legendaria Universidad del Bío Bío, hacia Puerto Montt y su proyecto de ciudad sostenible (calefacción urbana, bombas de calor especialmente de tecnología Baumann y un sistema de compostaje innovador por los residuos orgánicos a través del trabajo de las lombrices de tierra), hemos decidido a volver nuestros ojos hacia el norte hasta el desierto de Atacama. Salimos de Santiago poco a poco, obstaculizados por una colorida procesión de malabaristas, artistas callejeros que protestan contra la prohibición de ejercer su arte en las calles del centro de Santiago. Nos reunimos para hablar y hacer fiesta en las típicas Peñas, lugares donde se puede escuchar y bailar las cuecas de Violeta Parra y las baladas de Víctor Jara, tal vez acompañadas de deliciosas empanadas, pastel de choclo con humitas y vino chileno. La reunión es para el día siguiente frente a La Moneda, la sede histórica de la presidencia chilena. Lugar donde se encuentran todas las protestas del país, un símbolo del golpe militar que derrocó a Allende en 1973 y llevó a la larga dictadura de Pinochet.

Desde Valparaíso la carretera Panamericana corre rápida junto al Océano Pacífico, la costa se ve interrumpida por pueblos de pescadores poco frecuentes, la costa se inclina por el poder majestuoso del océano. Distante a la vista, la Isla de Pascua se encuentra a la merced de las corrientes. En el autobús viajamos con una joven familia chilena, una mujer joven con tres niños pequeños, todos hermosos. Hablamos de las diferencias entre nosotros y pensamos que un abismo nos divide, pero luego nos tomamos un descanso para almorzar en el camino y ellos piden un gran plato de papas fritas, que ellos llaman chorillana, con un enorme vaso de refresco de cola. El mundo hoydia es líquido, quizás aun más de lo previsto por Bauman, en los albores de la era digital.

Pacifico en el camino chile