Potosí la rica y buen vivir

Un largo camino entre La Paz y Potosí, engaña el mapa: son mas de diez horas en autobús a través del más salvaje altiplano andino de Bolivia. “Soy Potosí, la rica”… Gracias a la mayor mina de plata del mundo, esta ciudad ha experimentado un increíble esplendor colonial, en gran parte todavía visible porque desde cuando el hambre de plata se redujo, el tiempo se detuvo en Potosí. La ciudad es ahora un fósil con un pasado brillante, una joya entre los picos que, por la exagerada altitud del altiplano andino, se reducen a meras colinas, desnudas y coloridas. La gente es amable y con mucho gusto nos inician a los secretos de Potosí: su tranquilidad, sus fiestas, la belleza oculta, los personajes que vivieron ahí y el incontable número de mineros que han dejado sus vidas persiguiendo la riqueza efímera en las entrañas del Cerro Rico, en la guarida del diablo.

A Potosí se aplica muy bien el concepto de vivir bien boliviano, un conjunto de propuestas y recetas casadas por el pueblo boliviano, al menos en palabras, con la visión de asegurar una futuro de consenso y progreso sostenible, en armonía con la madre tierra y el respeto de las especificidades culturales de Bolivia, un país vasto y diverso que se extiende desde los Andes hasta el Amazonas, con una caleidoscópica riqueza de culturas. Uno de los postulados del vivir bien es saber cómo comer bien. En Potosí probamos un plato que resume el concepto, la k’alaphurka: una deliciosa sopa de tomate, pimiento, ají (salsa picante), choclo (maíz tierno), carne y algunas especias, que se cocina en piedra pómez y se sirve en una cazuela de barro. Un plato de grande actualidad debido a su sencilla origen y sus ingredientes locales.

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